«YO SOY ESPECIAL PARA DIOS»

La historia de un joven que escapó de la violencia y de la dependencia de los narcóticos para tener esperanza y una vida distinta en Jesús.

Bajo el calor de Guayaquil, los pies de Jairo Villavicencio golpeaban el balón con ritmo y destreza desde la delantera. Cada vez que jugaba fútbol en su barrio, Bastión Popular, sentía un fuego interno que le hacía olvidar todo lo demás, así fueran las tareas. Por eso, se empañaba en adelantar los deberes en clase para tener sus tardes libres. Cada vez que podía, visitaba a sus primos. En la casa de su tía pescaba animalitos de colores y aprovechaba bien la sombra de los árboles de su alrededor. Pero en medio de la cándida niñez, se colaba la violencia de la pobreza y las drogas. Su padre era carpintero y, aunque lo intentara, sus ingresos no eran suficientes para proveer a la familia.

Jairo era el séptimo de nueve hermanos, por lo que su madre trabajaba en una camaronera para compensar los gastos básicos. Pero el niño quería más y cuando sus padres no tenían dinero él encontró la solución. Como era común en su barrio, la opción era transportar droga. A los 10 años se convirtió en un mini traficante. “Sabía a lo que me estaba metiendo —dice Jairo— que a cualquier rato me meterían a la cárcel y mis amigos no iban a sacarme de allí. Pero quería plata. Así que por transportar paquetes me daban 5 dólares o un dólar por empaquetar (el polvo). Estaba contento, me compraba golosinas”.

Hacía bien su trabajo y se volvió conocido. Cuando jugaba fútbol lejos de su casa, nadie se metía en problemas con él. Era tranquilo y amigable pero era sabido que se había vuelto en una especie de protegido de los proveedores de narcóticos.

Empero, no se animaba a consumir drogas pues tras una probada sintió que moría lentamente. “Después (de la experiencia) juré que nunca más”. Tampoco quería ingresar a las pandillas pues se volvió consciente del peligro. “Un día, iba al colegio y escuché dos tiros. Mataron a un amigo. Ellos matan por un paquete de droga”. A los 17 años, su mundo era la calle y tenía ganas de volverse más independiente. Sus amigos lo convencieron para irse a Quito. Engañó a su madre, encontró algo de dinero y llegó a la capital. “Dormir en las calles de Guayaquil no era igual que en las de Quito. Allá era calientito y acá hacía un frío tremendo. Nadie nos daba cobijas y buscábamos cartones para calentarnos”.

En el transcurso de un mes, otro chico de la calle lo invitó a comer una sopa caliente que brindaba la iglesia El Batán. Luego, iba regularmente al proyecto Centro Opción de Vida ubicado en el Parque La Carolina. “Iba sólo por la comida, para bañarme y para lavar mi ropa, pero al mismo tiempo escuchaba la Palabra de Dios”.

El amor de Jesús comenzó a transformar su vida y dejó de transportar droga. Pero cuando las cosas iban mal, su fe se debilitaba. “Qué Dios ni qué nada, pensaba. Pero el Pastor Marcelo y Tamarita (personal del proyecto) me decían que yo soy especial para Dios y que él tiene un propósito para mí”. Ya no le cuesta adaptarse a la casa hogar del COVI. Desde mayo último vive con 7 chicos más. “Cuando hay problemas, el pastor es como el papá y en cualquier discusión nos hace sentar a todos y hablamos como en familia”.

Actualmente es parte de un club deportivo, en donde juega como suplente. Está en quinto año de colegio y planea convertirse en futbolista profesional para dar ejemplo como cristiano y sacar a su familia de la pobreza. “Mis padres saben que estoy aquí y les alegra porque no quieren que coja malas mañas. He entendido que sin Dios no servimos para nada. Nunca me voy a olvidar —con su voz quebrantada— de hacer las cosas para Dios y de entregarle mi corazón”.

Por: Liseth de Carrillo